Lo primero que hay que señalar es que esta obra en realidad son dos obras de teatro, aunque suele ser habitual que se publiquen juntas, pero aún así hay que tenerlo en cuenta no sea que cojáis una que solamente conste de una de las partes y os quedeís con la información incompleta.
Enrique IV se trata de una de las obras históricas que tiene como tema central la historia de Inglaterra, en este caso centrada en la figura de este rey y de su hijo el príncipe, el futuro Enrique V, y los problemas internos que surgieron por su acceso al trono. Como es habitual podemos apreciar otra serie de temas como son la fidelidad, las apariencias, el honor en la batalla, etc. junto a temas más frívolos como la juventud o las amistades poco recomendables que aligeran la tragedía y crean grandes momentos de humor.
Si al escribir Ricardo II, Shakespeare fue más allá de los avatares del juego político e indagó en la condición humana del rey y en el comportamiento de los hombres, en Enrique IV no sólo avanzó más aún por esta senda, sino que incorporó por primera vez un decisivo ingrediente de comedia al drama histórico. En pocas ocasiones planteó Shakespeare tan claramente la relación entre diversión y obligación, humanidad y autoridad, logrando una abundancia de contrastes y una riqueza de emociones que ya no volverían a aparecer en este género. La incorporación de este mundo cómico con escenas de taberna y vida popular se centra en la figura de Falstaff, una de las creaciones más extraordinarias del autor y uno de esos personajes de la literatura universal que se salen de la página.














Muchos episodios políticos conmovieron a la Argentina en las tres últimas décadas, pero pocos han dejado huellas tan profundas en nuestra conciencia social como el ocurrido el 16 de septiembre de 1976 en La Plata, cuando un grupo de estudiantes secundarios que luchaban por la reincorporación del boleto escolar gratuito fueron brutalmente secuestrados y torturados durante meses en un campo clandestino de detención. Todos ellos tenían entre catorce y dieciocho años; sólo uno sobrevivió: Pablo Díaz, y se encargó de contar al mundo esta tragedia.
En Adiós muchachos nadie es lo que parece: Alicia, la estudiante que menea con gracia sus nalgas mientras pasea en bicicleta por el Malecón, es una jinetera en busca de una superfortuna que la retire del negocio y la saque de Cuba; Víctor, contratado por las empresas Groote para llevar a cabo un original negocio turístico, basado en el submarinismo en barcos hundidos, tiene un pasado de estafador poco confesable; y Hendryck Groote, millonario holandés propietario de la empresa que financiará el proyecto de Víctor, no sólo tiene un pasado turbio: su presente, como irá descubriendo el lector, tampoco es agua clara.